20 marzo, 2006

Amigos escribientes




CUANDO YO ME VAYA




María Eugenia Iriarte Eraçarret





Cuando yo me vaya, no quiero que llores,

quédate en silencio sin decir palabras,

y vive recuerdos, reconforta el alma.



Cuando yo me duerma, respeta mi sueño

por algo me duermo, por algo me he ido.



Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada

y casi en el aire con paso muy fino

búscame ciñiendo en la nubes del infinito

navegando en búsqueda de lo que se fue

entre tantas nubes, busca lo mágico



Ponte mis buzos, mis gorros, mi cortaviento

y puedes usar todos mis sweaters



Te presto mi barco, mi almohada, mi cama,

Cuando haga frío, ponte mis bufandas.

Te puedes comer todo el chocolate

y tomar todas las Coca Light, el Gin,

y las tónicas que quedaron guardadas



Escucha ese tema que a mí me gustaba

mientras navegábamos

usa las velas y limpea el casco del bote



Si tapan mi cuerpo no me tengas lástima

corre hacia el espacio, libera tu alma,

palpa la poesía, la música, el canto

y deja que el viento juegue con tu cara,

besa bien la tierra, toma toda el agua,

y aprende el idioma vivo de los pájaros.



Si me extrañas mucho, disimula el acto.

Búscame en las ovejas del campo

en un cafecito, en el mar

y en el sitio ése donde me ocultaba.



No pronuncies nunca la palabra muerte.

A veces es más triste vivir olvidado

que morir mil veces y ser recordado.



Cuando yo me duerma,

no me lleves flores a una tumba amarga,

grita con la fuerza de toda tu entraña

que el mundo está vivo y sigue su marcha.



La llama encendida no se va a apagar

por el simple hecho de que no esté más.

Los hombres que viven no se mueren nunca,

se duermen a ratos, de a ratos pequeños

y el sueño infinito es solo una excusa.



Cuando yo me vaya extiende tu mano

y estarás conmigo sellado en contacto

y aunque no me veas, y aunque no me palpes

sabrás que por siempre estaré a tu lado.



Entonces un día; sonriente y vibrante

en un sueño, tocaré tus manos y haremos

una vida y aprenderemos a navegar en el cielo.

Para tí mi Gordito, hermano querido que partistes hace tres años.

Mi nombre de las lunas y soles es tuyo ahí te siento más cerca.

TE QUIERO MI YOYITO...


2011.-















UNA MAÑANA CUALQUIERA DE PRIMAVERA

Thamar Alvarez

31 de julio de 2010

La tranquila mañana de primavera en la Plaza de Armas se vio sobresaltada de súbito aquel sábado. En lo alto de la Catedral, bajo una de sus torres, se divisaba claramente la imagen de una mujer. Muy pronto, un grupo de transeúntes y paseantes la descubrió, formándose en cosa de minutos un corrillo de curiosos que, desde abajo, contemplaba la figura dubitativa y exánime de la desconocida. No pasó mucho rato antes de que el grupo aumentara de tamaño y se convirtiera en una multitud expectante y consternada. Pues a nadie se le escapaba que la intención de la joven mujer era lanzarse al vacío en cualquier momento. Así lo revelaban sus leves movimientos ansiosos y su mirada triste y determinada. Así lo insinuaba el leve aleteo de su falda y la desesperación de su cuerpo anheloso.

Los clásicos gritos ahogados y los intercambios verbales que la gente comenzó a compartir sobre el origen de la mujer, su identidad, sus motivaciones o cómo diablos había conseguido llegar hasta ahí arriba se vieron interrumpidos por el ulular de las sirenas de Carabineros y Bomberos. Sin embargo, antes de que cualquiera de ellos lograra alcanzar la Plaza, un hombre se destacó entre la multitud y se encaminó con paso decidido hacia la entrada principal del templo. Por su aspecto de hombre maduro y el denuedo de sus pasos, nadie le impidió el acceso. Era evidente que su pretensión era la de llegar hasta la joven suicida e intentar convencerla de no dar ese trágico paso. “Seguramente es un médico o un psicólogo”, aventuraron algunas voces en tono bajo y esperanzado.

Pocos minutos después, la multitud, que ya ocupaba más de la mitad de la Plaza (algunos se habían encaramado sobre la estatua de Pedro de Valdivia con la ilusión de obtener mejor perspectiva), vio surgir desde detrás del arco central la figura alta y robusta del hombre. Muchos de quienes poseían teléfono celular con cámara comenzaron a fotografiar y a filmar la escena. Carabineros y Bomberos, arribados ya hasta el acceso de la Catedral, contemplaban, a su vez, con el aliento contenido cómo el hombre se aproximaba lentamente hacia la mujer, las manos con las palmas hacia abajo en gesto de calma con el fin de no asustarla y precipitar su decisión.

Bomberos decidió también subir pues, pese a que la joven parecía no alterarse por la intervención del hombre, evaluaron que éste podría necesitar de apoyo logístico, máxime cuando nadie entre los presentes les pudo explicar quién era el sujeto ni por qué razón se había prestado voluntario a subir y rescatar a la mujer. “Podrá ser un buen samaritano cargado de buenas intenciones pero también un riesgo para su propia seguridad y la de la dama”, opinaron cautelosos y profesionales.

Desde fuera de la Catedral, la multitud observaba petrificada los movimientos del hombre en un intento prudente por acercarse a la joven. La altura y los murmullos de la gente, cada vez más altos y asustados por lo que se auguraba como un desenlace trágico, impedían escuchar las palabras que el hombre dirigía a la mujer y sólo sus gestos conciliadores y la mirada desconfiada de la joven conseguían expresar el drama que se desarrollaba a esa alarmante altura.

Repentinamente, todo cambió. La mujer se relajó y sonrió perceptiblemente para todos quienes la observaban y caminó unos pocos pasos hacia el hombre, con la mano estirada. El público rompió en aplausos irrefrenables y entusiastas cuando el hombre tomó la mano de la joven entre las suyas y varios gritos de alegría se escucharon en todo el cuadrángulo de la Plaza. Acto seguido la alegría se congeló en el aire: los dos, tomados de la mano, saltaron juntos y se precipitaron al vacío. El terror y la angustia sustituyó en apenas unos segundos la euforia anterior. Nadie entendía nada mientras un círculo de transeúntes compungidos y desconcertados rodeaba los cuerpos inertes y Carabineros se esforzaba por mantener el orden. Nadie pudo entender que cuando el destino une a dos almas suicidas en un instante de afortunado infortunio, nada podrá detener ese salto hacia el vacío de la eternidad...





UN EXAMEN DE RUTINA

Thamar Alvarez

10 de agosto de 2010


Leía sentada sobre los incómodos asientos metálicos de la sala de espera del centro médico. Pese al frío que le entraba por la espalda, consiguió concentrarse en la lectura de “La joven de la perla” sin dificultad, pues a esas horas de la mañana los pasillos se encontraban bastante despejados y el sonido ambiental era apenas un murmullo que ella agradeció inconscientemente mientras se sumergía en la antigua Holanda que Tracy Chevalier describía con soberbio trazo. Griet se dirigía a la casa del gran pintor barroco Johannes Vermeer a servir como criada envestida de su lozana adolescencia y su pálido rostro, que posteriormente se convertiría en uno de los retratos más afamados del artista.

Por el rabillo del ojo captó que la paciente anterior a ella asomaba su cuerpo por la puerta del box número uno al tiempo que intercambiaba algunas palabras con la enfermera que la acompañaba, a modo de despedida. Su mente aún permanecía en aquel pueblito campestre, divagando entre la plaza del mercado y el canal cargado de barcas que la flanqueaba, y respiraba la placidez de un entorno recogido y familiar donde todo el mundo parecía conocerse y que Griet había recorrido infinidad de veces con sus hermanos, a excepción del barrio papista donde habitaban los pocos católicos de la localidad. Concluida la despedida, la enfermera consultó en silencio una carpeta que llevaba en las manos y acto seguido la nombró en voz alta. Ella cerró el libro, no sin antes curvar hacia dentro la esquina de la página cuarenta y tres, se levantó del incómodo asiento metálico, recogió su bolso y su bufanda del asiento de al lado y entró al box musitando un educado “buenos días”.

El doctor la había derivado a electrocardiograma como control rutinario, uno más de los que llevaba haciéndose desde hacía ya cinco años como prevención. Su madre había fallecido una década atrás de un infarto, a la edad de cincuenta y tres años, y ella había entrado ya a una edad “delicada”, según palabras de su médico personal, y que ameritaba de este tipo de controles con relativa asiduidad. No sólo porque el ataque masivo que matara a su madre hubiese sido un acontecimiento totalmente sorpresivo y sin síntomas previos sino porque además ella presentaba algunas arritmias de origen desconocido que el doctor llevaba ya cinco años evaluando sin haber conseguido llegar a un diagnóstico claro que explicara su razón de ser.

Se desvistió de la cintura para arriba con la parsimonia que entrega el hábito después de haber depositado el libro y el bolso sobre una mesa y colgado el abrigo y la bufanda en una percha que sobresalía de la parte posterior de la puerta. Sintió la camilla fría, pero lo que terminó de erizarle la piel fue el gel que la enfermera fue colocando con profesional maestría alrededor de su pecho izquierdo para luego colocar sobre el mismo las ventosas de los electrodos. La misma operación se repitió en las muñecas y en los tobillos, y ambas sonrieron al unísono cuando el vello de sus brazos se erizó como reacción a la frialdad del gel y las tenazas. La enfermera se disculpó por la ausencia de calefacción en el box y ella correspondió con una sonrisa comprensiva. No había problema, se había practicado el mismo examen numerosas veces en los últimos cinco años y sabía que la sesión apenas duraría unos minutos.

Cerró los ojos y en unos instantes se encontró nuevamente en el pequeño pueblo de Delft, en la puerta de la casa que el gran pintor Vermeer habitaba junto a su esposa, su suegra, sus seis hijos y su criada, y no tuvo dificultad en imaginar las seis pequeñas cabezas rubias y pelirrojas que Griet vislumbró al llegar por primera vez ante ella, ni el canal desde el cual la nueva y joven sirvienta hubo de recuperar, su primer día de trabajo, la jarra que una de las niñas lanzara instantes antes como travieso desquite a una bofetada que Griet le había propinado por maleducada. Tampoco tuvo dificultad ninguna en evocar al pícaro barquero que ayudara a Griet a rescatar la jarra de las aguas del canal pero, para su gran sorpresa, en lugar de acompañarla de regreso a la casa con el recuperado recipiente en las manos, se vio a sí misma subir a la barca de un suave salto, asida de la firme y recia mano del barquero. La mirada transparente que se desprendía de los azules ojos del hombre pareció envolverla largamente, embriagándola con una sensación de plena serenidad que nunca antes había sentido. El agua del canal, cuyo tono verde musgo destacaba bajo el prístino color celeste de cielo, parecía perderse en la distancia allí donde las gaviotas se disputaban las sobras de los puestos de pescado del mercado y donde el mar apenas lograba adivinarse. En ese preciso instante, y mientras la enfermera salía precipitadamente por la puerta en busca de ayuda, ella supo qué había sentido su madre al morir y una lágrima emocionada y agradecida descendió por su rostro al tiempo que su corazón latía por última vez...














ESPÍRITU NAVIDEÑO


Diego Muñoz Valenzuela


El viejo pascuero estaba sobregirado. Se veía venir la catástrofe desde los
años precedentes. Los chicos pedían más y más, sin límites. No fue posible
revertir la tendencia. Los bancos hicieron efectivos sus procedimientos de
recuperación y lo confiscaron todo: trineos, renos, regalos, enanos, hasta
el traje del viejito, que quedó en calzoncillos en pleno polo. Luego vino la
debacle: primero quebraron los fabricantes de juguetes, artículos
electrónicos, ropa, CD, computadores, libros. Luego, por arrastre, los
comercios gigantes y los bancos, y vino esta crisis terrible. Un analista
sabiondo -de esos que explican las catástrofes cuando ya han ocurrido- ha
dicho que el origen de la debacle estuvo en la codicia de los bancos, en su
carencia de espíritu navideño.


http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/




NO HAY DRAMA




Manuel Carrasco Inostroza



—Perdón, pero ¿qué más quiere que haga señora? Mire: Carabineros ha ido en cuatro oportunidades, una vez ingresaron a revisar el domicilio, pero “la persona no es habida”. También fue gente de Investigaciones y con el mismo resultado o como dice usted, sin resultados.

La emisión del auricular que sostenía doña Rosa Fierro de Bilbao, de pie tras el mostrador del restaurante Bidú, era gangosa y aguda. Sentados junto a mesitas de metal y madera enchapada, seis clientes madrugadores se esforzaban por escuchar esa voz distorsionada y seguir el diálogo. Vigorosamente, pero con estricta dicción, el abogado Méndez hablaba desde su oficina ubicada en el último piso de un gran edificio, al lado norte de la ciudad. El restaurante estaba en el centro.
—Ahora, yo desde un principio le expliqué a Don Ramón como iba a ser esto, y le advertí también que lo correcto era reunir recursos y cancelar los compromisos con otros dineros. Que después se procedía a las acciones en contra de ese señor para recuperarnos de los perjuicios. Escúcheme; así como estoy actualmente: deteniendo el asunto por un lado y persiguiendo al ciudadano por otro... No nos va a ir muy bien fíjese.

Luego de colgar, la señora permaneció un momento inmóvil, como absorbiendo el peso de la situación. Sin retirar la mano del teléfono desviaba la mirada para no enfrentar aquellos rostros que contemplaban su figura rechoncha recortándose contra un mosaico de botellas de vino expuestas en repisas atracadas a la pared. Se oía crujir una tostada que alguien masticaba, también algún tintineo de servicios y ruidos de la cocina cuya puerta estaba junto al mostrador; de ahí salió un mozo con tazas de café humeantes, hacía allá caminó doña Rosa, pesadamente, en silencio, negando con la cabeza. Ella cerró tras su paso.
Esa cruda mañana transcurrió con lentitud mientras iban ingresando más clientes, al rato la señora volvió al mostrador, ahora sí miró a los conocidos.
—¿Ramón no ha llegado? —les preguntó con mal tono y peor cara.
Negaron con la cabeza y ella volvió sobre sus pasos, casi enseguida el aludido apareció.
De mediana estatura, se movía con viveza. Había que verlo de cerca para acertar en la edad, pese a los cabellos blancos, cortos y bien peinados. Se notaba afligido —pasó sin saludar—, abrió un cajón del mostrador, miró sin encontrar lo que buscaba, luego alzó la cara. Las cejas eran delgadas, cortas y muy negras, como dos precisas rayitas a carbón sobre la tez rosada.
—¿El Jorge no ha llegado? —preguntó.
Negaron nuevamente, uno le señaló que debía ir donde su esposa.
Momentos después se escuchó en la cocina una discusión agria, cuando Ramón Bilbao salió de ahí haciendo sonar la bisagra de la puerta batiente, parecía que dirigirle la palabra era imprudente. Quien lo hizo fue Don Froilán Villagrán, jubilado de Ferrocarriles.
Quédese tranquilo Don Ramón por favor ­—la voz resonó en la sala— si no va a pasar nada, ya a esta hora... después de las diez de la mañana no vienen.
Ocupaba él sólo una mesa al fondo, se había incorporado. Los lentes estaban algo fuera de su lugar, con un brazo estirado exhibía su reloj de pulsera. El aludido lo miró con sorpresa
—¿Quiénes?
—¡Los del tribunal pues, por la máquina!, esos que van a embargar aquí, se van a llevar la vitrina, los muebles todo.
Agitaba los brazos como predicador
—No, Froilancito —las rayitas a carbón se curvaron—, si yo ya hablé con la señora Mireya, vengo de allá mismo.
Después de decir eso Ramón pareció más animado. Mientras intercambiaba sonrisas con algunos, sacó de las repisas una botella que mostraba una gran etiqueta blanca y llenó un vaso minúsculo que enseguida llevó hasta la mesa del ex Jefe de Estación.
—Tome, para que arregle la presión arterial —recargó con malicia la última palabra
—Yo estoy bien, usted tiene que cuidarse —por la fuerza de su voz parecía estar en lo cierto. El hombre hizo sonar el vaso sobre la mesa después de vaciarlo de un trago, entonces tomó a su amigo del brazo.
Siéntese conmigo un rato Don Ramón, quiero conversar con usted.
Cuando éste último obedeció y apenas ellos comenzaron a charlar; inmediatamente, sin decir palabra y como si ejecutaran un acuerdo, varios otros se trasladaron hacia esa mesa. Las patas de las sillas metálicas rozando las baldosas lanzaron ásperos chirridos
—¿Cuánto es el total de su deuda? —preguntó Don Froilán, con solemnidad—, ¿Sabe? disculpe esta impertinencia, pero es que nosotros no vamos a permitir, escuche bien, no vamos a permitir —hizo un movimiento seco con el canto de la mano para subrayar su afirmación—, que este local cierre y desaparezca.
Se escucharon agresivas expresiones de aprobación, había también gente de pie observando.
—¿Es mucha plata? —insistió un hombrecillo de terno gris. Tenía los brazos cruzados, una pierna sobre la otra y el cuerpo hacia el respaldo de una silla demasiado grande para él. Era cajero del Banco del Estado.
Y entonces la pesadumbre volvió al semblante de Bilbao, derrumbado en su asiento, en medio de todos y con la cabeza algo ladeada. Dijo:
—Yo solamente necesito que el señor Javier Echaveguren, que tan lindo nombre tiene, pague el consumo de esos tres días cuando ocupó aquí, en su evento ese. Los tragos, los comestibles y lo pedido a consignación, que ahora me están cobrando a mí. De la ganancia me olvidé ya.
—¿Pero cuanto es pues, Don?... —el ferroviario tiró la palanca del freno, los ojos de su amigo habían enrojecido.
—Mire, son tres documentos que dejó, para después dar orden al banco de no pagar. Mi esposa dice que en tres días gastó más de lo que aquí se considera para tres meses. Ahora, a nosotros nos están demandando, ya no nos quieren vender. Hoy día la señora Mireya, allá en el juzgado, me prometió hacerse la lesa por más o menos un mes y medio; o sea... —alzó las pupilas por un momento haciendo inexpresivo el rostro— hasta mitad de noviembre me dio plazo, dijo también que sacara el televisor grande y que...
—¿Y donde vamos a ver los partidos? —atropelló alguien. Ramón se encogió de hombros, se produjo un silencio, y entonces intervino un acompañante del empleado del Banco; de tez amarillenta, cara huesuda con lentes de marco fino. Su voz de pito hizo callar a todos, hablaba muy rápido.
—Usted sabe señor Bilbao que ese tal Echaveguren, Echave-guarén le dicen —nadie rió—, tiene clavada a media ciudad. Figúrese: yo conozco a varios de los que han caído y se los puedo mencionar con nombre y apellido; ahora, yo también sé, y por otro lado, que el ciudadano éste bienes tiene, o sea: aquí lo que hay que hacer es...
—Ahí por fin viene Jorge, menos mal —Bilbao se incorporó de un salto para caminar hacia la puerta por donde venían entrando dos hombres altos y delgados, uno de ellos usaba camisa con colleras de ágata y un pequeño bigote, el otro se adelantó un par de pasos.
—Don Ramón: le presento aquí, al señor Jaime Restrepo, de la Brigada de Delitos Económicos.
Al estrechar la mano el que estaba siendo presentado rió suavemente, mostrando abundantes dientes pequeños
—No Jorge —corrigió—, te equivocas tú a veces ¿Ah? —lo apuntó con el dedo un segundo— En realidad siempre he pertenecido a Homicidios pero eso no será relevante ¿Dónde podemos conversar?
—Pasemos a un reservado —resolvió Bilbao— mientras caminaban fue haciendo sonar sus palmas para llamar al mozo.

Méndez no ha sido muy efectivo —señaló el del banco a su acompañante, mirando la puerta cerrada del reservado—, tuvo que ir el propio Ramoncito a los tribunales y hablar con una conocida.
La señora Rosa estaba cerca
—Ese otro no se mueve del escritorio, allá para el Barrio Norte tiene oficina, de ahí no sale nunca —afirmó.
—Los delincuentes andan sueltos por las calles y hacen lo quieren, la gente honrada no puede estar tranquila, en cualquier momento le quitan a uno todo lo que tiene —refunfuñaba Froilán Villagrán, mientras partía un churrasco.
* * *

Y al lado opuesto de la ciudad estaba “Barrio Sur”. Unas cinco calles. Casas de un piso y casi iguales. Se diferenciaban algunas porque les habían agregado mansardas, otras por el tamaño de las rejas que cubrían las ventanas y también sobresalía un par de recias puertas talladas, remplazando a las originales. Hacia fines de octubre por las mañanas, el viento sacudía las hileras de manzanos cargados de flores blancas, que mejoraban el panorama en esos pasajes estrechos obstruidos parcialmente por vehículos estacionados. Después del mediodía disminuía el viento, el sol alto en el cielo despejado recalentaba los techos de cinc e iba resecando las malezas que crecían junto a las aceras. A la hora de almuerzo las calles estaban vacías, las esquinas silenciosas, las ramas de los árboles inmóviles.
Durante ese mes, casi todos los días a esa hora, un pequeño vehículo blanco dio algunas vueltas y un día se detuvo junto a un niño que jugaba con otro. Descendió una muchacha rubia, delgada y bastante ágil.
—Hola Andrés —le dijo sonriendo—, yo soy la hermana de la tía Pilo. Te vengo a buscar, hoy se entra más temprano al jardín. Tienes que ir sin cuadernos y con ropa de color porque hay cumpleaños
El niño usaba un polerón celeste; ella jeans desteñidos y casaca de cuero color café claro. Lo tomó de la mano y se dirigió al otro chico, uno crespito.
— Anda a contarle a su mamá que nos vamos de inmediato al jardín
En cuclillas le tocó el hombro con la mano libre mientras lo miraba cara a cara, fue bajando progresivamente el tono de la voz
—Porque las tías hicieron una fiesta sorpresa y dile también que la vamos a llamar por teléfono. Anda al tiro, corriendo.
El crespito obedeció, luego sonaron las puertas del auto. Muy pronto ese vehículo abandonaba el sector.
—¿Adónde vamos? —preguntó el hombre al volante
—Al jardín Barquito de Papel pues ¿Dónde más va ser? pero ándate más despacio ¿ya?
La mujer miró de reojo hacia los asientos traseros mientras se echaba el pelo tras la oreja con los dedos; tenía labios finos, bastantes pecas y grandes ojos azules. El chico movía los suyos en varias direcciones, sus piernas no alcanzaban a doblarse. Los pies reposando sobre el tapiz exhibían las suelas de sus pequeños zapatos.
—Por qué no paras un ratito en la esquina —dijo de pronto la rubia—, voy a comprar un helado para cada uno.
Luego de detenerse, el tipo giró la cabeza lentamente hacia la mujer, le sonrió con burla un instante
—Yo no quiero, voy manejando —afirmó seco— . Su mandíbula era cuadrada, la nariz pequeña y ganchuda sobre el bigote corto.
—No, para ti no —contestó la mujer, quien salió del auto, se acomodó la cazadora con un tirón de las solapas y dio seis pasos; luego se detuvo y giró, para advertir que el niño la seguía con la mirada. Entonces volvió a buscarlo.
—Los dos vamos a ir a comprar helados —anunció, y se lo llevó de la mano.

Cuando quedó solo, el hombre sacó un teléfono móvil y comenzó a hablar recostado contra la puerta, observando de vez en cuando hacia la dirección que ellos habían tomado. Pronto regresaron, la rubia se detuvo un momento a concentrase en su helado que chorreaba, inclinó un poco la cabeza y lo giró mientras lamía; junto a ella el chico chupaba el suyo rápidamente.
—Muy bien, es suya la decisión y también las consecuencias —dijo el tipo con suavidad. La expresión de su rostro no cambió después de colgar. Y casi de inmediato ellos subieron, nuevamente sonaron las puertas y en seguida el motor del vehículo, cuyos ocupantes permanecieron en silencio mientras la velocidad aumentaba. Al cruzar cierta intersección la mujer volvió a hablar.
—¿Viste que eres tonto? Pasaste de largo y tenías que doblar ahí. Ahora vas a tener que dar una tremenda vuelta para llegar al jardín de Andrés.
Atrás, el chico se había sentado en el borde y movía rítmicamente sus piernas; aún no podía terminar el helado que tenía sujeto con ambas manos, el barquillo estaba envuelto en una servilleta de papel.
—Y más encima no limpias nunca tu auto, hay olor a cigarro aquí adentro —frunció el ceño— ¿cierto Andrés? —giró todo el cuerpo para dirigirse al niño.
—Sí —apenas se escuchó
—¡Bah habla! —exclamó sombrío el hombre
La rubia abrió la guantera y extrajo un aerosol —¿a ver Andresito? permiso— esparció parte de su contenido hacia la parte trasera. La emanación hacía picar los ojos. No era aromática. Ella dejó el artículo en un espacio junto a la radio y volvió a mirar hacia la parte trasera —¿Andrés ya terminaste? pásame eso— el niño entregó la servilleta, ella la arrugó antes de tirarla por la ventanilla que el hombre estaba abriendo rápidamente. Luego sacó un pañuelo para limpiar las manos del chico.
Pronto se habían alejado bastante. Ahora iban por calles bastante anchas, donde aparecían rápidos vehículos y se les cruzaban ruidosamente. Las aceras en cambio, eran muy angostas como para que a alguna otra hora del día se pudiesen ver circulando personas a pie. Los muros y las rejas de doble o triple altura se venían encima con sus enredaderas, sus espirales de alambre galvanizado y aparatos electrónicos que permitían la comunicación con mansiones escondidas en el fondo de jardines vastos y oscuros, a treinta o cincuenta metros de la calle, esas mansiones tenían un aire de ruinas limpias recién construidas. Sobre la zona flotaba el olor ácido del césped recién cortado.
Alguna cámara sobre un poste metálico giró tras el pequeño móvil blanco desconocido en el sector, que se dirigía velozmente hacia la montaña. Sus ocupantes iban alzando los ojos hacia el paisaje que surgía, excepto el niño quien había dejado su lugar para comenzar a desplazarse hacia una y otra puerta con las manos y las rodillas sobre el largo asiento, también miraba por el parabrisas trasero. Momentos después estaba nuevamente sentado haciendo oscilar el tronco con brusquedad. El conductor advirtió por el espejo interior que aquel pequeño rostro iba mostrando desconfianza y angustia. Repentinamente el tipo llevó una mano al extraño aerosol, pero entonces la rubia sujetó ese utensilio con fuerza.
Mientras atrás el chico seguía inquieto haciendo crujir el sillón; adelante se desarrolló un fiero combate de miradas, hasta que el pequeño emitió un gran bostezo estirando también los brazos, por las mangas del polerón celeste asomaron las muñecas finas como dos ramitas de un arbusto, en aquel momento el tipo volvió la mano al volante, la manga del vestón ocultó las colleras de ágata de su camisa.
De ahí en adelante el conductor pareció preocuparse tan solo de la ruta. Solo de vez en cuando miraba por el espejo para ver como el chico seguía realizando distintos movimientos, luego que el rostro blando y pequeño permanecía estático y atónito por momentos. Había ahora una tristeza incomprensible en esos ojos grandes, oscuros, de pestañas largas. La última vez que el tipo miró, el niño dormía acurrucado sobre el asiento.

* * *

Aquella chaqueta de cuero cubría el pequeño cuerpo, la cabeza reposaba sobre un muslo de la mujer quien se había cambiado al asiento trasero. El niño abrió los ojos.
—Te quedaste dormido Andresito —le expresó riendo la mujer, y lo tomó de las pequeñísimas manos, después lo alzó para sacarlo del auto.
—Mira lo que nos pasó.
Habían detenido el auto a un costado del camino, junto a un mirador. La tapa del motor permanecía levantada y sobre la butaca del chofer se veía un alicate envuelto en un paño con manchas.
—Quedamos en pana, él fue a buscar un repuesto.
El niño estaba parado frente a ella con las mejillas rojas e hinchadas. Se refregó los ojos y después llevó una mano al vientre haciendo un gesto de dolor, la mujer contrajo una mejilla en un tic nervioso. Entonces dijo:
— Llamamos para el Jardín, dicen que la fiesta se suspendió, así es que apenas este otro llegue, te vamos a ir a dejar inmediatamente a tu casa.
En ese momento sonaron varios golpes, cerca de allí dos hombres componían en la calle otro vehículo mucho más viejo. Más allá había casas pequeñas, un canal de aguas sucias, un perro que corría con un papel en el hocico y un paradero de locomoción colectiva casi destruido. Ráfagas de viento levantaban las latas del techo
El niño dio unos pasitos, muy desorientado, casi de inmediato tropezó y cayó sobre el pavimento.
—¡Cuidado Andrés!, ven para acá mejor —Después de limpiarle las rodillas lo llevó en brazos hasta el borde del mirador. Bajo las laderas en descenso cubiertas de malezas y basura, se podía apreciar la extensión de la ciudad. La rubia hizo una mueca de asco porque el lugar olía fuertemente a orines, entonces se escuchó el crujido metálico que los hizo girar la cabeza. A sus espaldas, apenas cruzando el camino, había un recinto de juegos mecánicos. Carruseles, trencitos y la enorme Rueda de Chicago.
El niño se quedó maravillado.
—¿Quieres ir un ratito allí? —el rostro de la rubia se iluminó. Por toda respuesta el chico permaneció mirándola con cara de vergüenza.
—Vamos Andrés, vamos —lo llevó de la mano con entusiasmo.
— ¿Podemos subir a uno cierto?
— Sí, a todos los que quieras.
Había llegado muy poca gente

El tipo del bigote pequeño había ocupado una banca dentro del sector de los juegos, desde allí los observó acercarse mientras hablaba por el teléfono móvil. Ellos fueron a comprar boletos y desaparecieron de su campo visual. El niño escogió una maquinaria con unos brazos gigantescos terminados en elefantes amarillos que daban largas vueltas y que también subían un poco para luego ir bajando hasta casi rozar la tierra suelta. Cuando cabalgaban sobre uno de ellos el teléfono comenzó a sonar dentro de la casaca de cuero, la mujer no escuchó, rato después volvió a sonar.
—¿Se puede saber dónde estás?
—Claro, venimos saliendo de la Sillas Voladoras y ahora vamos a subir al Barco Pirata
— La cosa sigue mal, te informo.
—No me digas que todavía no encuentras el repuesto.
—¿Oye, entiendes lo que te digo o no?
—Sí, entiendo. Te quedan como dos horas para hacer bien tu trabajo, a ver... No, en realidad te queda harto más de dos horas. ¡Vamos hombre! Tú puedes —. Y colgó.
—¿Quieres otro barquillo Andrés?
—Sí
La miraba, con su pequeña cabeza un poco ladeada

Una hora después fue ella quien llamó
— ¿Y? ¿Hay novedades? —le preguntó. Él no se había movido de la banca junto a la casa de la administración del parque, cuya sombra iba avanzando sobre la tierra suelta y los manchones de césped.
—Llévalo a lo más alto de la rueda y espera mis instrucciones —contestó, y tragó saliva. Tenía el rostro congestionado
—¿Cómo?
—¿Oye? ¿Qué es lo que te pasa? Que esperes mis instrucciones te digo, llévalo a otro juego, a la rueda
—Entendido Jaime.
La tapa del diminuto teléfono móvil hizo un “clac”

Entre los dilatados quejidos de su mecanismo la Rueda de Chicago se movía minuciosamente, mientras el sol extraía destellos al esmalte azul y dos de los capachos, que llevaban pasajeros, iban girando a su vez pero en sentido contrario. Desde lo alto se podía apreciar el auto blanco, el canal donde flotaban papeles, las casas desvencijadas, el camino y mucho más abajo la ciudad. Hacia el otro lado rocas agrietadas de las montañas más próximas y siluetas de cumbres entre la bruma. La rubia se esmeraba en sujetar al chico quien se había tomado de un fierro transversal puesto a manera de baranda. El niño tendía a incorporarse cuando el capacho ascendía.
—Andrés, tienes que ir sentado —le dijo con aspereza
— Cómo te llamas tú —preguntó el chico mientras giraba la cabeza para mostrarle una gran sonrisa de tres dientes.
— Angélica Palavicino, pero no se lo digas a nadie
—Ya
—Aunque en realidad no importa —La rubia contrajo una mejilla en un tic nervioso, mientras su mirada se endurecía. En esos momentos mantenía controlado al chico con la mano izquierda, pero su preocupación era el teléfono que sostenía en la derecha; entonces, al advertir que una de sus uñas estaba quebrada acercó más esa mano a sus ojos frunciendo el ceño. Luego soltó al chico para cambiar el aparato de mano y después puso el dorso hacia arriba extendiendo los dedos. Fue cuando las dos niñas del otro capacho gritaron al comenzar a descender, ellos en cambio iban ahora subiendo mientras el pequeño también gritaba. Se había puesto de pie. Tiraba de la baranda hacía arriba, como si de ese modo pudiesen subir más rápido.
La mujer dejó de prestarle atención, se echó el pelo tras la oreja y arrugándose por el sol se puso a contemplar el paisaje. Pero de pronto se quedó con la vista fija en una dirección. Al fondo del sitio una figura conocida hablaba por teléfono paseándose alrededor de una banca.
Desde esa altura los pasos, las vueltas y la empequeñecida figura tenían algo de cómico, pero a ella no pareció hacerle gracia; después de un momento volvió a mirarse las uñas, sentada en un rincón del capacho que comenzó a descender. El niño también se sentó y guardó silencio. Había abajo un vendedor de algodones en un carro pintado de color naranja y que tenía muchas banderitas; la luz oblicua del sol daba a los colores una intensidad extraña.
—Yo me mareo aquí arriba —dijo Angélica como para sí misma, después miró al chico
—¿Ya no te duele la guatita Andrés?
—No, porque yo comí helado
Angélica observó con gran nerviosismo a la figura junto a la banca, que se detuvo y giró, para comenzar a dar vueltas en sentido contrario sin dejar de hablar por teléfono. Después se detuvo otra vez dándole la espalda a los juegos, entonces retiró el aparato de su oído y pareció inclinar un poco la cabeza.
Fue en ese momento cuando se escuchó una gran algarabía desde otra de las máquinas, automáticamente ambos miraron hacia allá. Una docena de muchachos acaparaban el interés de la mayoría de los presentes en el recinto mediante contorciones sobre un plato gigante que se movía al compás de la música. En cambio casi nadie prestaba atención a la Rueda, que comenzó otro giro.
—Tienes sangre en la boca tú
Lo comprobó con sorpresa, se había mordido el labio inferior, eso debía agregarse a la uña quebrada. Mientras subían acarició la cabeza del niño y fue entonces cuando sonó el teléfono. La instrucción fue precisa.
—Sí, está claro, Jaime —contestó

Angélica Palavicino lo traía en brazos, Jaime Restrepo esperaba en el auto y ayudó a subirlo al asiento trasero.
—Ya pelao orejón —dijo— te vamos a llevar a tu casa
—Tú sí que eres orejón ¡Dile eso Andrés!
El niño permaneció en silencio hasta que el vehículo ya había avanzado bastante, entonces repentinamente dijo
—Tú eres orejón
Rieron los tres a gritos, durante casi un kilómetro de aquel camino de regreso; los de adelante histéricos como expulsando demonios y atrás el chico reía de la risa de ellos. Media cuadra antes de llegar a la casa se detuvieron, La rubia bajó con el niño para hacerlo correr por la acera hacia una mujer de aspecto espectral, o al menos delgadísima y con el pelo en desorden; quien además se veía perturbada, tanto que demoró un poco en abrir la reja de su propio jardín. De pronto el chico se detuvo y corrió de regreso donde Angélica, ella estaba entrando al auto y debió volver a salir porque el pequeño Andrés Echaveguren venía con los brazos abiertos mostrando sus tres dientes. Luego de besarla se fue corriendo hacia su madre.

* * *

Había fiesta en el Restaurante Bidú. Los habituales compartían una mesa larga con mantel blanco. Las únicas mujeres eran doña Rosa Fierro y la señora Mireya quien en ese momento explicaba algo a la anterior manteniendo las palmas sobre la falda, también estaba Froilan Villagrán y la gente del Banco, algunos otros eran: los jubilados de Tesorería, varios profesores, oficinistas de Correos de Chile, universitarios, y diversa gente. En el centro de la mesa: Restrepo y Jorge junto a Ramón Bilbao.
Habían comenzado hacía ya un par de horas. Cerca del clímax de la euforia las conversaciones eran un griterío.
De pronto Bilbao comenzó a dar golpecitos con una cuchara a un vaso, transformándolo en una campanita de cristal, así logró la atención y el silencio. Entonces comenzó a declamar que el encuentro era un homenaje a Restrepo.
—Él nos pidió un poquito a cada uno —hizo frente a su cara, con el pulgar y el índice el gesto de sostener algo minúsculo, su cara teatralizó ternura por la fragilidad de lo que imaginó ante sus ojos—, a todos los estafados. Yo iba a perder mi negocio, así es que pagué con mucho gusto
Se produjo un silencio
—Y él —señaló al homenajeado—, hizo que el hombre llegara al Cuartel de Investigaciones donde de inmediato lo detuvieron. El Señor Jaime Restrepo logró en tres semanas lo que otros no hicieron en ocho meses.
Alguien comenzó a aplaudir, en seguida fue un estruendo.
—Cuando realmente quieren dar con alguien lo hacen —comentó uno entre el bullicio, ganándose varias miradas de reojo
—Era necesario hablar con el hombre indicado —respondió otro más político.
Muy pronto le ofrecieron la palabra al hombre indicado
—Bueno, yo no soy muy bueno hablando en público, me van a perdonar. Voy a ser breve.
Y nadie protestó por esa tremenda mentira cuando a los pocos minutos se notó que le encantaba ser escuchado y que no iba a ser breve. Comenzó con agradecimientos para todos, alabó también el arroz a la valenciana y el vino. Después colocó los puños sobre la mesa, se inclinó un poco, alzó la vista.
—Jorge, aquí presente, fue a hablar conmigo. Le expliqué entonces que no era yo quien tenía la orden, sino otro funcionario. Por eso tenía que ser un trabajo particular.
Todos escuchaban atentamente
—Y el dinero fue para bencina y también para financiar otra persona que me acompañó en la diligencia. Sepan ustedes, que a nosotros nos descuentan cada bala gastada en defensa de nuestra integridad, a veces cuando hacemos nuestro trabajo
Un murmullo, airados ademanes, malestar con las autoridades, solidaridad hacia Restrepo.
—Pero en fin ya todo está bien...
—Yo propongo un brindis —irrumpió Froilán Villagrán— por el señor Restrepo, nuestro amigo, quien defendió a Ramón y puso a ese mal ciudadano allí donde pertenece.
Había gran ferocidad en sus ojos
—No, Froilancito —intervino Ramón, rojo, transpirado y contento. Si aquí no hay drama, el hombre se encuentra libre, estará acostándose con su mujer a esta hora.
—Claro —dijo Restrepo, con gravedad— Javier Echaveguren, simplemente se hizo cargo de sus obligaciones y ya está con su familia
—Yo lo fui a ver —siguió Ramón— allá a la “Casa del Jabonero” —puso cara de malicia— ahí donde el que no cae resbala. Y entonces...
Lo interrumpió una unánime carcajada que se escuchó hasta en la calle.
—Entonces ahí fue cuando él me pagó todo, hasta la última chaucha, incluyendo los intereses.
Más risas
—Y enseguida, con la platita en la mano nosotros, o sea mi amigo Méndez retiró el asunto ese, la demanda, la querella. Le entregamos un papel, no sé como...
—Redactamos el Desestimiento de la Querella. Digamos que se retiró el apremio en definitiva —sentenció el abogado Méndez
—Claro que después le tuvo que pagar a todos los demás que se pusieron a la cola
Otra carcajada general. Alguien botó una copa con vino y también una vela, pero muy rápidamente arreglaron eso.
La Velada continuó, siguió llegando gente, Froilán cantó algunos tangos. Los presentes luego de escucharlo le pidieron otra canción y después otra más.
—Percal, te acuerdas de El Percal, tenías quince abriles...
—No, no habríamos permitido que este local cerrara, es el único que nos queda, decía uno de los jubilados de Tesorería.

Méndez conversaba con el flaco del Banco del Estado.
— Sí, por supuesto. Ellos, los Echaveguren, se querellaron, pero no hubo lugar a la tramitación. El Prefecto respaldó a Restrepo. Dijo que era la palabra de un funcionario intachable contra la de una persona que había eludido durante varios meses la acción de la justicia.
El del Banco asintió con la cabeza, el abogado le hizo con dos dedos un gesto para que se acercara y así decirle algo confidencial.
—Eso sí que el juez ordenó que una sicóloga viera al niño, la dama conversó con él más de dos horas
—¿Y?
—Parece que el chico lo pasó excelente con los tíos.
La celebración duró hasta la madrugada. En un momento dos concurrentes, ya bastante borrachos, discutieron en forma desagradable, pero después se reconciliaron y se dieron la mano. No sucedió nada malo.




Oído


Pamela Meza




Uno más de trapos



arrastrando las miserias por



las aceras de la poesía; el



detalle en cada tejado



trillado de tu mente_ lo



vuelvo suave, sensible,



atento.


No dos

Pamela Meza

Preguntas dificiles
no puedo responder
se disloca y
babea demasiado
la lengua
escasa de respuestas....
las tuyas las hago mias,
las mias las haces tuyas.

Tanto tiempo y después
como dicho bien dicho
la tortilla se da vuelta,
para no quemarse
y tostada rica
baje por el tubo
de las gargantas.
No hay finales
buenos ni felices
solo porque es final,
todo ya esta mal.
Pero las interrogaciones
largas o cortas
no me importan,
es tan increible
tu destreza
eso que te gusta que te atiendan,
y por afecto un piriguin
fue capaz de dartelo,
fue tan extraño
que aun no puedo pestañear...
que ya en ese campo no me puedo dar,
y que si ahora me lastimas
posiblemente me dolerá
y dire adios sin aceptar mas excusas y disculpas....

Hay uno y uno,
el termino dos se hunde en un fango,
en un bombardeo de balas hacia el cielo,
en una luciérnaga con poca luz en un frasco- por su muerte
le toca la tapa...

Cuestiones de matemáticas
yo no sé,
a las cuentas siempre les doy un puntapie
alejandolas de mi senda,
no las entiendo, no las acepto
siempre vienen apuradas-dificultosas
llena de problemas
y siempre vayan en el resultado...
no les creo, como la confianza de tu voz se desarma
junto a tus promesas...
intentos en vano, no llegan a actos...mueren fallidos
antes de decir algo...

No busques el hombro en alto
solo para lagrimas,....
estoy, estare pero diosa de nadie soy_
gotas de agua no me derrames a diario,
si yo grite el nudo
y tu lo tragas-eres estupido.
Y casi nunca nos dijimos nada
en tres años,
y cada segundo
acumula torrentes sanguineos
en nuestros pulsos,
luego anemia,
y sufrimos casi por nada.....

Algunos no aman,
algunos lo dan todo_
unos dijeron que no me entendian,
este uno
se alejo durante lo mas importante,
y esta una,
no se alejara ni por si acaso...
todos perdermos algo en las guerras interpersonales,
todos salimos sin algo
que lo teniamos aferrados a nuestros pellejos,
y es verdad
hoy
ninguno de los ·dos·
nos fuimos
conservando aquello que sentiamos....tan fuerte....

No quiero versos tristes que conformen una historia nueva,
no quiero lloriqueos por lo que ya paso,
ya yo llore lo suficiente,
y afirme los pasos,
renunciando pronto a los besos
que no tenian suelo donde caer....
es mejor repetir que ya te olvide,
es mas liviano
repetir que ya no quiero recurrir a ti,
y no importa lo que haya detras,
si mientes- yo tambien....
tu te ablandas y yo me hago la fuerte,
como fiera aguantando penas,
y la dureza de vernos asi como si nada
te tomara meses,
me tomara dias.

No me lleves a los sueños que teniamos,
lo que nos separó me borro aquellos que habian sido planeados,
hoy los sueños son otros
y las proyecciones tomaron otro sentido
entre dos humanos...

Y tanta interrogante que pronuncias
me lleva a pasillos realmente largos de hospitales
blancos-frios, inertes--
postrado tu en una cama con sabanas
muertas,
y yo a un lado,
callando.




RESCATANDONOS



Carmen García Villanueva




Hace días que lo sospechaba. Ruidos extraños, como entre pasos y aleteos nos presagiaban que algo inesperado alteraría nuestra rutina familiar invernal.
Desde que llegamos a vivir frente al mar, hace ya más de diez años, me llamaron la atención esos techos sembrados de alambres de púas. Al verlos, afloraban las visiones de las casas enrejadas hasta lo indecible de nuestra ahogada capital. Durante un tiempo imaginé muchas respuestas, todas relacionadas con ladrones – será que en esta zona acostumbran a entrar a robar por los techos – me pregunté. Pero luego me enteré que el motivo de tanta defensa era, ni más ni menos, que evitar que las gaviotas anidaran sobre sus cabezas. Eran muy ruidosas –decían- y además romperían las tejas. Esas razones sonaban pobres y mezquinas a mis oídos.
Hoy, cuando apenas amanecía, lo constaté; en un pilar de la terraza lucía orgullosa su pecho de plumas blanquísimas que parecían iluminarse con los primeros rayos de sol. Atrás de la casa y sospechosamente cerca del plato de la Amanda- nuestra hermosa pastor alemán- otra gaviota oteaba a sus nuevos vecinos.
Finalmente tuve la certeza. Tendremos que compartir, al menos por un tiempo hasta que decidan volar hacia lugares tan remotos como el ártico o el polo norte, nuestra vida con otra familia- le comenté entusiasmada a mi hijo. Ya veremos si son tan dañinas y si lo son, tendremos que apechugar, merecido lo tenemos porque fuimos nosotros los que invadimos sus costas, contaminándoles su habitat y obligándolas a transformarse en esos inusitados carroñeros que hoy nos asombran – por lo menos a algunos – desde las orillas del Mapocho alimentándose de basura y desperdicios. Nosotros las hemos obligado a emigrar a la ciudad en busca de alimento. Ya veremos si es tan indeseable convivir con ellas. No lo creo ni lo quiero creer. Igual, estoy dispuesta a disfrutarlo, aunque sea como una forma de saldar una antigua deuda que compartimos todos y que debiéramos empezar a pagar.



BARRA DE HERRAMIENTAS

Carmen García Villanueva

Estoy chata de sentirme estúpida ante los ácidos comentarios de mis hijos cada vez que sentada frente al computador cometo la imprudencia de pedirles ayuda.
Acepto hidalgamente mi ineptitud ante muchas disyuntivas digitales e informáticas, así como reconozco que pertenezco a ese gran lote de los que hemos sido superados por la tecnología.
Claro, que me consuelo pensando que no es por falta de neuronas que los cuasi analfabetos digitales nos sentimos ridículos, sino porque no nos tocó crecer entre máquinas y aparatos varios, sino más bien tuvimos que formarnos en un mundo donde la base para la solución de los problemas cotidianos era el ingenio y no la utilización de aparatos.
Cuando teníamos que sacar cálculos matemáticos, usábamos lápiz y papel, no calculadora. Cuando queríamos ver una película, no íbamos a Blockbuster para luego apretar un par de teclas e instalarnos frente al aparatito otro par de horas al día, sino que armábamos un paseo familiar para ir a ver la película o nos juntábamos con un grupo de amigos para ir en “patota”al cine del barrio. Y cuando teníamos que hacer algún trabajo de investigación en el colegio o en la universidad, metíamos la cabeza entre las hojas de enciclopedias, libros y diccionarios, no entrábamos al Rincón del Vago a buscar resúmenes, para darle rienda suelta a nuestra capacidad creativa cortando y pegando.
Son incontables los ejemplos que se me ocurren, tal vez sea para justificar mi lentitud y torpeza para moverme en el mundo digital ya que me resisto a caer en el argumento manoseado de “todo tiempo pasado fue mejor”, que me huele más a nostalgia que a verdad.
Pero estoy convencida que nos sirvió para manejarnos frente a la adversidad, que tuvimos que ser capaces de generar instancias de solución para salvar obstáculos, que nuestro ingenio se orientaba a cómo utilizar de la mejor forma los propios recursos, a desarrollarlos y multiplicarlos.
Me huele que la verdadera sabiduría de vida va por ese camino, por el que busca las soluciones dentro de cada ser y en su interacción con los demás, no fuera de nosotros ni en el frío contacto con los aparatos.
Quiero seguir creyendo que la Barra de Herramientas que cada uno tiene adentro va a ser siempre más completa, más cercana y más perfectible, que la que tenemos en la parte superior de la pantalla.



EL CUERPO




Katherin Reveco G


Después que las pestañas con rimel negro dejaron de apuntar hacia el café cortado que estaba sobre su mesa, el hasta ese momento negro panorama se convirtió en uno luminoso; Por la puerta del café de la universidad entró un cuerpo adolescente el que miro sin perder detalle: una camisa roja y un ajustado pantalón de mezclilla azul que lo delineaban más que cubrirlo. Impasible, ya que no se sabía observado, el cuerpo caminó hacia el mesón de la cafetería y con voz varonil pedía distraídamente un jugo, Catalina, la dueña de las pestañas pintadas, se deleitaba recorriéndolo desde la cabeza a los pies con los ojos, aunque ansiaba intensamente hacerlo con sus manos.
El se sentó en una mesa que para alegría de Catalina, lo dejó muy cerca de ella, así es que ni siquiera tenía que girar su cabeza para verlo, como se dice, lo tenía en la mira. Ahí comenzó a mirar hasta el ultimo lugar libre de ropa: Sus brazos fuertes, el cuello, y unas largas manos que movían las hojas de un viejo libro; le atraía todo de él, presentía que debajo de su camisa había un pecho cubierto de vellos.
El cuerpo se levantó a pedir algo que Catalina no pudo notar, estaba fascinada con su presencia, mirándolo, presagiando el grosor de sus muslos y de su pene tapados con la mezclilla;
En lo máximo de permitirse sentir comenzó a despojarlo de sus ropas, se imaginó sacándole su camisa, acariciando su nuca con la punta de la lengua, le bajó su pantalón y cuando lo dejó totalmente desnudo se inclinó sobre él para probarlo, lo besó con suavidad y sintió como crecía su miembro con la presión de su mano. Luego lo acostó sujetando sus muñecas y dejándolo quieto, todo suyo, hizo que la penetrara al ritmo de su deseo. Catalina sintió su cuerpo sacudirse por un importuno orgasmo, la sangre subió de golpe a su cara, sintió vergüenza y pena de sí, de que estaba por cumplir los cuarenta años y no había tenido jamás un orgasmo en una relación sexual, sólo en sus fantasías.
Sonó el timbre que avisaba el fin de su descanso, dio gracias al cielo por no tenerlo como alumno, cuando se paró de la silla vio que los ojos del cuerpo se cruzaban con lo suyos, se sonrieron, fue sorprendente, llevaba tantos años como docente y era primera vez que le ocurría algo parecido, recorrió el largo pasillo que la conducía a su clase con un esbozo de sonrisa que la hacía secuaz de sus deseos.
Catalina al llegar, miró su entorno y no pudo dejar de notar lo distinto del cuerpo con los que estaban en su clase, a pesar de la edad y de su inexperiencia pensó, debía ser un excelente amante Le costó iniciar su rutina, se acomodo bajo la ventana abrió su libro y comenzó su clase.
Esa noche en su casa revivió la rutina diaria, sirvió la comida para sus tres hijos y para su marido, a pesar de que los dos trabajaban él seguía siendo incapaz de llevar su propio plato a la mesa, la verdad es que no era capaz para muchas cosas como, darle tiempo a Catalina cuando estaban en la cama, a pesar de todo, estaban ahí otra vez, ahora no mostraba la rabia controlada que siempre aparecía en su cara en esos momentos, mezcla de impaciencia y resignación, se veía interesada mirando a su marido que se sacaba su ropa de manera monótona, comparó el desnudo de ese cuerpo decadente con el otro, le molestó saber que, así marchito como estaba, de vez en cuando la engañaba.
Había sido tan intenso el fantaseo sexual de Catalina, que aún excitada por los recuerdos aceptó la insinuación del marido, hacía rato que se estaba negando y elegía evadirse, ahora al contrario no se negó, ni se durmió a la mitad, ni tampoco repasó en su mente lo todo lo que tenia que hacer al día siguiente, esto le ocurría mientras cumplía uno de sus deberes conyugales más desagradables.
En realidad aceptó porque tenía deseo, no de él y por supuesto aceptó quería estar junto a un hombre, estuvo ahí con su mente y cuerpo, pero fue imposible, eran veinte años de sexo insatisfecho, veinte años de incomprensión, rabias y descuidos que hacía imposible el encuentro. Catalina no pudo alterar la rutina de abdominales que su marido hacía sobre ella para lograr su clímax, lo aguantó.
Para ella esa noche fue un fracaso más, para él una noche cualquiera. En la madrugada, los ojos de Catalina escudriñaban la obscuridad, con los ojos limpios de rimel, tratando de visualizar ese cuerpo adolescente, quería mirarlo y acariciariciarlo no quería volver a esperar y soñar.
Julio 2003





COMETA


Alicia Becerra

Aquella figura que percibes,
apenas reflejo de una aparición nocturna.
Inusitada, trágica
Almas solitarias que se avistan
en una playa en penumbra.

Soy apenas una sombra,
deambulo transito en aletargada congoja,
espero a que él se presente
antes que dos lunas le lloren.

En noches eternas,
evoco su experiencia centenaria,
añoro su sentencia, su hechizo,
constante conjuro.
Mi piel
anegada de sus huellas,
mis labios teñidos de sus labios
pronuncian su nombre en Azul.

En la espera
se presenta cometa,
intenso y breve,
llenan mis calles
sus designios de pasión.

Su trayectoria
deliciosa, sugerente.
bulle el océano profundo
encandila mis ojos,
luego lo pierden.

Sólo su aroma queda en la playa
salina ausencia
la brisa del mar en retirada
solo un haz de luz me ha dejado.


ODA A MIS OJOS CERRADOS



Alicia Becerra




Mis ojos no son míos




prefieren estar cerrados




a ciegas te alcanzan




para que los beses








A ciegas mudan la piel




nueva y destellante.




Tienen su cielo




sus propios llantos




gozos y plegarias






Mis ojos son de ellos mismos




para otros,




son ciegos al rubor




la vergüenza y la maldad.






MANSEDUMBRE



Karin Artigas



No puedo avocarme a tus rosas



Ni entender esa corriente fría que te modela



No puedo, porque soy torbellino ardiente,



Llamarada desbocada entre toda tu penumbra.





No puedo educar tu deseo



Ni predecir tus urgencias lejanas



No puedo azuzar tu locura



E inventar chispazos que prendan tu estopa.




Eres tú y tu quietud de siesta



Una llanura de lomas suaves



Un paisaje de acuarelas



Un día despejado sin tormentas.




Que más quise yo que trastornar tus sentidos



Despertar tu animal dormido,



Encallar en tus arenas



O destrozarme en tus roqueríos.




Pero no hubo apremio en tus ojos



Ni respuestas a mis fulgores desmedidos,



Me quedé dormida apoyada en tu vientre



Esperando que las horas se llevaran tu mansedumbre.










AMADO

Javiera Ramos González



Podría tocar tus recodos sólo con mi pensamiento. Porque la infamia no logra superar el amor noble que mi henchido corazón siente por ti.

Podría elevar mi canto sin molestar ni turbar tus aguas. Porque tu sendero y tu caudal más allá del camino logran unirse a mi alma compungida.

Podría tomar tus brazos y alzarlos al cielo, rozar el vestíbulo ardiente del que ha creado tus magnificencias. Porque tus manos se sujetan a las mías sin reparo, reclamando a cada minuto lo que de mi boca he declarado.

Podría besar tus montes, inclinar mi oído a tus susurros. Porque sin quererlo, tu suave mano guía mis quimeras y las transforma en fidedignas convicciones.

Podría con mi velo limpiar la sangre derramada sobre tus monturas. Porque mi voz y reclamo son uno solo junto a tu padecimiento.

Podría deliberadamente juntar mi andar con el de tu Hijo, tomar su mano, aferrarla a mis deseos. Porque también es mi Hermano, el que tú has parido bajo las mismas utopías que las de aquel que ha llorado tus lamentos.

Podría comer de tus frutos, deleitarme en ellos. Porque nada me has negado: desde que tengo uso de razón que tu Tierra es mi raíz de esperanza.

Podría beber tu dulce néctar, zumo directo desde tus labios. Porque no habrá nada más certero en mí que tu delicado candor destilando por mis entresijos.

Podría abrazar cálidamente tu cuerpo, tu incesante silueta que por años ha sido mutilada. Porque aunque no pueda abarcarte, daría mi vida gustosa por unirme a ti en polvo y cenizas.

Podría escribirte uno y mil versos, y, sentada en tu roca, leértelos uno a uno. Porque no puedo dejar de pensarte: eres mi inspiración remota e incontrolable.

Porque eres mi Amor...Consumado de días y días; de esclarecidos anhelos y esperanzas.

Mi Tierra…Mi Patria…

Gózate en tu día.





ULTRAMAR


Eliana Molina Vega









Un rayo de luna se incrusta en el viento


agitando el mar;


desde la caleta, un hábil remero penetra.


Su imagen es un haz de luz plateada


que emerge hacia ti;


la noche divierte sus cinco sentidos


queriendo vivir.


Tal fue la esperanza del hombre cansado


que viste…


Quizás no entendiste lo que él con sus remos estaba expresando…


Espuma de cielo con alas doradas,


las olas de almohada y el mar…


Dicen que el remero se fue a otra caleta


con esa tristeza


que le era habitual.




¿QUÉ SE RECUERDA HOY?

María Alicia Pino





Allá veníamos los niños
corriendo después de las doce
la tierra parecía brillar más que de costumbre
y los tesoros venían acarreados en camiones de caucho.
Traíamos entre los dedos cascabeles lustrosos
muñecas parpadeando como por milagro,
autitos que para mi hermano eran el Max 5,
Meteoro repitiéndose en el patio de la casa,
veníamos con millares de cachureos
comprados en la "Casa Paez",
minúsculas fortunas pintadas con témpera
anillos imposibles sembrados de arcoiris,
pocillitos que la abuela amontonaba sobre el mueble viejo.
Y los fuegos artificiales cayendo en la espalda de mi hermano
y yo salvando de la hoguera a quien hoy me empujaría a ella sin dudarlo.
Allá veníamos los niños
mirándonos redondos en las bolitas espejo que colgaban del árbol
mirándonos pececitos azulesrosasynaranjas
volando sobre la aguja solitaria que repetía los surcos al terminar el disco.
Cuántos venían al pesebre?
De dónde el olor a noche buena irrepetible?
Será que a mayor altura los aromas se disipan?
Será que los años desandan el camino de la estrella?
Allá vendrán los niños
corriendo después de las doce
traerán entre los dedos
pececitos redondos mirándonos bribones
y serán sus ojos las bolitas espejo que nos devuelven
y serán sus voces agujas solitarias repitiendo los surcos al terminar la noche.
Cuántos vuelven al pesebre?
Yo tengo dos que ya quebraron la cabeza de Gaspar el Mago
yo tengo dos diciendo "todo esto es precioso"
yo tengo dos volviendo por el camino de la estrella.



BOTA PREPOTENTE


Por Gonzalo Robles Fantini




Una calle insidiosamente apacible
donde pululan mujeres sibilinas
y hombres zafios con mastines amenazantes.
Las ancianas decrépitas,
impregnadas en naftalina y susurros venenosos,
vigilan los movimientos del barrio
ejecutando con sorna los quehaceres del hogar.
Un quiltro maloliente olfatea el pedigree
de las hembras caninas marcando el territorio con su orina;
las banderas chilenas penden de los mástiles zalameras
al orgullo patronal y a la bonanza neoliberal
y las imágenes en los televisores
muestran al Tirano recluido en Londres
con un séquito de homenajes del arribismo ignorante.
Los soldados del regimiento alimentan el morbo
en sus miradas ociosas a las muchachas del barrio
estimulados por las baladas empalagosas
que hablan de la herida irreparable
por la ausencia del ser amado
y una dulce niña de cabellos dorados
siente los manoseos cobardes de los uniformados
sobre sus delicadas curvas.
El peso de la impunidad hipócrita
se suspende a los ojos vigilantes de la silueta angelical,
el casco de acero sólo conoce
el placer animal de los toqueteos sucios
alimentados por el exceso de alcohol
y la niña vulnerable siente la bota criminal
aplastar su inocencia.
Por eso los milicos se aterran
cuando su gallardía bizarra se vuelve pequeña,
mancillado su coraje de cobardes
la niña dócil se convierte en mujer íntegra
al encararlos alzando su dedo medio
y sin temor a las armas
que desangraron a los hombres libres
les grita: ¡Asesinos!
y todo el barrio se escandaliza al constatar
que su precaria razón de nacionalismo advenedizo
se derrumba
la verdad digna y valiente desarma
los engranajes de una lógica hipócrita y ominosa
y se abren las grandes alamedas donde,
para irritación de los zalameros sumisos,
camina la mujer libre
que rompe con los prejuicios sociales
para resucitar el metal tranquilo de la voz
del mandatario traicionado por la prepotencia castrense.

Agosto de 2007




Compañero Pavese


No poseo ni la vanagloria del pedante ni la arrogancia del erudito;

el que busque un estudio literario serio del autor italiano

que recurra a la Enciclopedia Británica.

Sólo me conmueve la vida y obra del malogrado

pero entrañable Cesare Pavese.

Compañero Pavese, sufriste los rigores de la privación de libertad

por defender con las armas del periodismo la causa antifascista.

Y como si esto no hubiera sido suficiente trauma,

te refugiaste al amparo de tu hermana mientras

tus amigos partisanos morían

en su lucha contra las huestes del Duce.

Tal vez te juzgaron acremente tildándote de pusilánime.

No sé, yo no reprocho tu recogimiento intelectual

ni escarbo morbosamente en tus probables remordimientos.

Lo que me toca la zona más sensible

fue tu involuntaria soledad.

La soledad como condición de vida,

el anhelo de la compañía de una mujer,

tu tardío despertar sexual.

Circunstancias todas que condicionaron

tus bellas composiciones literarias y que,

medio siglo después, me ponen triste

y a la vez me hacen sentir más humano al leerlas.

No todos tus protagonistas son ascetas

que se abstienen de los encantos femeninos;

de hecho, reconozco que no he leído todas tus obras.

Pero en el fondo de esos mitos rurales y urbanos,

se advierte el ser solitario con el cual yo me identifico.

Mi vida en muchos aspectos se asemeja a la tuya,

salvo por la enrome estatura intelectual que tú alcanzaste

como novelista, poeta, traductor, editor

y figura internacional del compromiso con la clase obrera.

Pero en mi fuero más íntimo, yo también soy esclavo

de la angustia cuando me siento aislado de mis seres queridos,

de los cuales a veces dudo de la sinceridad de su cariño,

Exiliado de los afectos, me consume la ansiedad

cuando avanzan las horas y me encuentro solo,

sin nadie que escuche mis lamentos.

Por eso con frecuencia escribo

esta escoria verbal, que aspira

desafiante (e ingenua) a ser literatura.

“Run Run se fue pal’ norte yo me quedé en el sur,

en medio hay un abismo sin música ni luz”,

cantaba la excelsa Violeta.

También tuvo un final trágico,

también por una desilusión amorosa.

Cuando yo sentía la herida por los cristales rotos de la ilusión,

vestigios de una mujer idealizada,

leía “El hombre imaginario”, de su hermano Nicanor.

Lamento tanto que la literatura

no te haya podido salvar

del dolor de la partida de aquella actriz,

aquella de los escenarios del país

de la Industria de la Fantasía.




Gonzalo Robles Fantini

Mayo de 2009





INGRID ODGERS TOLOZA



Desnuda

Torrencialmente desnuda

Compuse alondras y salmos en tu piel.

Rapté lozanías de juventud

En destellos de violines amanecidos

Santamente puros

En la lujuria turbulenta del placer

Esquivo en la ansiedad

Ahogado en las premuras

Desnuda

Escribí estos versos

Bajo y sobre tu pecho

Hambrienta

De tu pan.


Locos



Estoy en el redil de los locos.

Crucé la puerta al conocerte

Desnudamente

Mordidas tus naranjas

Sin seso alguno

Entre tus pétalos.

Hemisféricamente tuya

Salvajemente doblada

En tus rodillas

Manchando el olfato

De asombro y sangre

En el flujo genital

De la locura

Con el hambre

De no morir

Hasta saberte abierta y rendida

A mis lirios

Que frenéticos te poseen

Doblemente

En el sudor

Del amanecer.

Del libro El retorno del ángel




Poesía cósmica

Jaime Yanes Guzmán


Laberinto

Viví oculto en las profundidades de la tierra
encarcelado en habitaciones no vinculadas
en un mundo circular de analogías
desconociendo sus infinitas posibilidades
ignorando en el andar
la referencia a mi propia existencia emocional

Encerrado como un Minatuaro
me socavaba desde mi propia vida
pero los ojos sensibles de mis manos
te descubrieron como Ariadna
transformando con tus hilos mágicos
este laberinto de muros paralizantes
en espacio abierto de libertad

Apareció entonces el mundo
con todas sus habitaciones
me transformaste en mi propio redentor
al introducirme en tus galerías
universo lleno de palpitaciones
donde se unen sensibilidad con sensualidad

Te presentí como Ofelia
embajadora en tiempos de horror,
de repetición y desesperanza
de mi alma castigada por la reclusión
liberándome hacia cruces reales-virtuales
como cibernavegante
en viaje a mis propias estructuras
diseñando siempre nuevos micromundos


Fuiste foco en la transmutación de mi vida
en la luminización de mis emociones
conocí entonces un mundo sin fronteras
las verdaderas dimensiones del laberinto
ahora transformado en totalidad abierta
un mundo pleno de emociones
de interconexión cuerpo y mente
de vuelos cosmológicos
de holoestructura de existencia propia


El ser humano es una holoestructura vinculada al cosmos, civernavegante de cuerpo-mente que no tiene fronteras con capacidad de reiventar su propia arquitectura lógica interna inspirado en la ética cósmica que destruye todos los laberintos que pretendan aprisionarlo. Su gran musa es la propia diversidad de la vida!

Quejas de Ahíta

Alejandra del Río


No he conocido el hombre de sangre que me haga feliz
solo el hombre de libros me ha puesto contenta
establemente contenta.

Cuando se despeñó
lo hizo porque yo crecí
hasta alcanzar las ramas más altas
el más alto trino
la más larga cabellera.

Es curioso el hombre de libros
a veces se divierte apareciendo como hombre de sangre
me confundo
le doy a las cosas la forma y el brillo que no tienen
poesía que no puede hablar de sí misma y miente.

Ay hombre de libros
tienes el defecto de no secretar olor
no puedo hincar la nariz en tus recovecos
no puedo tragar el aliento que emana de tu boca.

En mi vida no he conocido
hombre de libros que me haga feliz.

CORREO EXPRESS

Marcia Undurraga Jensen

La autora, obtuvo por este cuento una mención honrosa en el Concurso de Cuentos "El Mercurio", año 1993.


La encargada de la sección giros postales de la oficina de Correos de Valdivia pestañeaba más de lo normal. El papelito que sacó, leyó y guardó en el bolsillo de su uniforme azul- que más bien parece una pintora- sería la razón.
Cómo decirle al señor Acevedo, que tiene la mala idea de creer que todas las personas son inteligentes, o al menos “almas” como dice él, que no soy capaz. No me sale nada...por más que leo y releo...no soy capaz de escribir ni una miserable letra con el poema de Priestley que me dejó. Lo he intentado todo, lo he leído en voz alta, en baja, lo pasé al limpio con mi letra más bonita, pero nada...mi cerebro sigue en blanco.
La mano derecha empuña con firmeza el timbre de “cancelado”; la mujer de la fila exige que le dé una copia más legible porque ya le han pasado “cosas”; que se pierden los giros para su hijo. No puedo ponerle mucha atención, es que : el tiempo y los conway de J. B. Priestley.
“La alegría y el dolor están firmemente entretejidos, manto para el alma divina: bajo cada pena y aflicción corre una alegría con su hilo de seda.“Está bien que sea así ”.
“El hombre fue creado para la alegría y el dolor y cuando llegamos a saberlo de verdad, vamos seguros por el mundo”.
De nuevo las 9 A.M. otro día sin escribir nada. El señor Acevedo, seguro que presiente algo,no me pregunta nada. Viene, saluda y pasa de largo y aquí estamos de nuevo, dándole movimiento a la sección de giros postales. Me río, el sujeto que le manda quince lucas a su hermana se parece al afiebrado de De la Maggiora, ese fantasioso que escribe sobre mujeres. Unas mujeres tan raras y deprimentes, que todavía no he conocido alguna parecida. Me tinca que sus personajes que pretende sean tan identificables los fue a inventar al manicomio, en especial a la sección de presas condenadas y dementes. Pero ahí está el muy hijo de puta, con varios libros a su haber, basura pero escrita. Tome, señor, su recibo, son 500 pesos.
-Hola, Soto.
-Hola, Eulalia. Venía a invitarle a la reunión de hoy a las 7 P.M. Usted sabe que estamos listos para movilizarnos, no permitiremos la privatización de Correos. Conocemos su pensamiento y sé que ha tenido que estar mucho en silencio, como todos.
Tengo la imprensión de que Soto se ha tomado demasiado en serio su papel de dirigente sindical y le brotan los discursos al menor estímulo; ni siquiera me mira de concentrado que está.
-Contamos con su apoyo e incluso hemos pensado ofrecerle el cargo de tesorera. Los trabajadores debemos ser protagonistas de nuestra historia y no testigos mudos, menos ahora que se han empezado a respetar algunos de nuestros derechos.
-No se preocupe, Soto, iré. Hasta luego.
-Hasta luego, Eulalia.
Qué horrible sensación de pánico. Debo ir y enfrentarlos, no queda otra alternativa. Capaz que me elijan tesorera en ausencia y me supongan quizás qué idea. Pobres, jamás imaginarán que que estoy por que privaticen esta oficina. Me imagino que creen que están más seguros con el Estatuto Administrativo que con las normas privadas; en verdad se sienten mejor flojeando con el amparo del estatuto que medidos por su rendimiento real. No queda otro camino, que se privatice no más y sin culpas. Y que por primera vez en años seamos medidos por nuestro méritos reales y no por la cantidad de reverencias diarias que le hacemos al viejo Cuevas.
Llego a las 7.10, ya está hablando el gordo Moreno...”Está de más, compañeros y amigos, que insista en el punto de lo nefasto que sería privatizar nuestro servicio,pero, para una mayor comprensión del problema, los invito a reflexionar sobre un solo punto. Por definición, éste no es un servicio lucrativo, las personas más pobres viven en los sectores de más difícil acceso. Eso significa que los más humildes no recibirían jamás una carta.Así de simple.
“ No les entregaremos nuestro esfuerzo a manos particulares, que sólo se motivan por el lucro”.
Estoy que vomito. Cómo pueden existir apreciaciones tan opuestas. Llegó mi hora . “Amigos, perdonen la decepción que les causaré. No solamente no me interesa cargo alguno en la directiva, sino que me parece aceptable la privatización. Si hay reducción de personal, se hará por méritos, que es la forma más adecuada de selección, y si se encarece el servicio, al menos se racionalizará la relación que existe entre el número de cartas que ingresa y las que salen a distribución. Los más pobres no recibirán cartas, al igual que ahora, pero sabrán que es porque son pobres, y no porque se perdieron misteriosamente. Para qué cegarse, sin subsidio no sobrevivirá el servicio y éste ya se acabó. El único camino es recibir dinero particular y reorganizarse como una empresa. Si el servicio no puede estar peor de lo que está, al menos dejemos de mentirnos. Es cuestión que miren mi uniforme y la corbata comprada en la ropa europea del gordo Moreno...” De ahí para adelante sólo se escucharon gritos...fascista... cuánto te pagaron...vendida al viejo Cuevas... Pero Soto puso orden, creí que moría y espetó: “ Su padre, un gran sindicalista, debe estar revolcándose en su tumba, con su actitud”.
-No toque a mi padre, usted no puede conocerlo mejor que yo. Estoy obrando con plena conciencia de mis actos.
Respiro, respiro, salgo de la sala, atrás quedan el humo y los ojos rabiosos. Mi cabeza no se detiene, pasan miles de ideas, órdenes, palabras por mi frente. Me esfuerzo por recordar el rostro suave de mi padre para calmarme. Por fin en la calle espero ser capaz de volver mañana.
Pasar la noche sin dormir a los 35 años no es ninguna gracia, las ojeras me cuelgan. Después de lo de ayer mi incapacidad literaria es lo que menos importa.Como decía mi profesora de preparatorias “ lo que no se sabe no florece, entreguen la prueba, niñitas”. Subo pisando fuerte, para desarmar al enemigo de entrada, no vayan a creer que estoy asustada. Taconeo tan intensamente que las nalgas se me cimbran, me siento gorda. Con voz de spot publicitario digo “¡Hola Rosita!”.
La Rosita será tonta, pero intuitiva, va directo al grano: “ Supe lo de anoche, Eulalia, me imagino cómo deben de andar, por si te sirve de algo, en el departamento de bienestar estamos contigo. En realidad, peor no podemos estar, tocamos fondo, más abajo no llegamos. Bueno, linda, como tú anoche te fuiste no alcanzaste a saber que no se logró el 51 por ciento para la movilización de rechazo”.
-No puedo creer que esté tan interesada e informada, seguro que anoche salió con el viejo Cuevas.
-Con este notición, imagínate, quién quiere hablar contigo: ¡ El señor Cuevas...!
Qué ganas de decirle, llámalo Lucho no más, huevona, como te decía en confianza.
-¡Ah! ¿ y quiere hablar de ese asunto?
-Sí. Me dijo que apenas llegara te avisara.
Qué más se podía esperar, la Rosita es incondicional del viejo no más, no del sindicato, ni de alguna idea en particular, menos de mi persona, que siempre la he tratado como lo que es, una tonta buena para la cama. Todo es justicia. En honor a la verdad no debe ser tan malo tener las habilidades de la Rosita, seguro que otro gallo cantaría.
Dejo de pensar en asuntos baladíes y me concentro en mi cita.
En ocho años ésta es la tercera vez que el “gran jefe” me manda llamar. Las dos anteriores salí sintiéndome derrotada como una imbécil, no fui capaz de articular palabra. Creo haber dicho unos tres síes y un hum en toda la entrevista. Ahora, lo mejor será entrar con piloto automático y las emociones bajo llave.
¿Toco la puerta o entro derechamente”. Total me mandó a llamar. Ni lo uno ni lo otro, el viejo de mierda me abre la puerta con su mejor sonrisa.
-Buenos día, Eulalia.Usted siempre tan puntual.- Mascullo un bien gracias y usted ( ya empecé mal).
-Bueno, Eulalia, estoy gratamento sorprendido con...usted sabe. Yo conocí mucho a su padre...
Lo recuerdo perfectamente, viejo imbécil, mi padre te invitó a almorzar los últimos años de tu carrera y te consiguió la ansiada beca que te convirtió en mal contador y jefe de personal delegado que eres hoy y sólo por ello no me has despedido hasta la fecha.
-Bah, qué extraño, no lo sabía.
-Claro, usted era muy pequeña.Su padre era un buen hombre, un poco errático quizás, desperdició su talento, pero generoso.
Por eso sería que no le saludaste nunca más y ni siquiera te apareciste en su funeral.
-¿Usted me llamó por algo especial?-
-Calma, Eulalia, déjame hablar a mí, es de mal tono interrumpir al jefe...je-je. Menos ahora
que hemos coincidido en un gran proyecto. La empresa Arme Ltda., la compradora de la oficina, está muy interesada en tener personal grato, un sindicato razonable y con conceptos modernos y una muy buena imagen corporativa. Por eso es tan importante para ellos y para mí que el sindicato no haga “olitas”. No hay nada que perjudique más a una empresa que mostrar un grupo de trabajadores agresivos y quejumbrosos. Usted actuó magníficamente. Debo reconocer que no me lo esperaba. Sus inclinaciones eran muy dudosas para mí.Esos recaditos que se mandan usted con Acevedo, por mucho que se refieren a libros, no la dejan muy bien parada, Eulalia.
“Ahora todo va cambiar”. Yo seré el gerente de una gran empresa privada – me lo tienen prometido a cambio de un traspaso “limpio” - y usted será mi protegida”.
Viejo concha de sus mangas largas. Nos seguía espiando, debe tener fotocopias de todas mis cosas, cómo se debe haber reído y aburrido, respiro, respiro...-
-Veo, señor Cuevas, que la empresa en cuestión nos ha tenido a todos muy ocupados...
-¿Por qué?...¿ a usted también, Eulalia?
-Muy simple, señor Cuevas. La gerencia me la prometieron a mí a cambio de una pequeña ayudita como la de ayer, siendo yo la hija de mi padre, ese hombre errático, era creíble. A usted no lo consideraron por la edad y porque no es una persona confiable para los trabajadores, salvo para Rosita, por supueso. ¿Con usted se reúnen todas las semanas?.Seguro que no.Conmigo sí. El discurso de ayer lo preparamos en conjunto.
Estoy asustada, el viejo Cuevas se pone cada vez más verde. No debí pegarme ese carril, pero él me provocó.
-¡Rosita!,¡Rosita! El señor Cuevas se siente mal.
Todo pasó muy rápido.Me gusta mi nueva oficina, tiene alfombra y un teléfono “manos libres”, lo único malo es que la gente se me acerca poco. El señor Cuevas no volverá a trabajar, está enfermo y jubilándose. No pienso leer la licencia para no sentir culpas. La Rosita tampoco volvió. Me conmueven las lealtades, aunque provengan de una persona como ella...





UN DEJO DE CEREZA ÁCIDA


Nina Alvarez Martín

Esparcida en una blanca atmósfera
Paños rasgados, desvaídos, simulaban vida,
Con las estrellas hicieron empanadas
Arrancaron su ventana, habitada por luz y luna
Vida que desangra, desliza su terciopelo rojo
No más colores, soñará en blanco y negro

Una única lágrima acusaba la tristeza
La vi, era transparente, con un dejo de cereza
Oculto en sus ojos ardientes,
Imaginarias penas surgían en cada rincón
Invadiendo el espacio del agradecimiento
De la armonía merecida

Corría el tiempo impávido
Implacable su incómodo despertar
Ajeno a toda realidad humana
A toda perversidad
Solitaria en su asombro, cantaba su pérdida
Antiguos sonidos del milenio, casi musicales,
Tal vez eran celestiales, no los escuché

La única lágrima, permanecía brillante
Pegada a la mejilla, como un beso de madre
Parecía un granizo gélido
Un mordisco de algún glaciar sobreviviente
Donde comienza la tierra, muy hondo
Donde los átomos hierven y emergen
Sin otro aviso que una única lágrima
Con un dejo de cereza ácida.

Febrero, 2009














2 comentarios:

Mariela Rios Ruiz Tagle dijo...

Hermosa e impecable joyita literaria,sigue escribiendo querida amiga...

Eduardo dijo...

Hola, Malicia:
La maldad de tus poemas me torturan la garganta. Es otro lenguaje con las mismas palabras que anteayer jure no decir nunca jamás.Nunca más.